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El conocimiento nos hace libres…

26M…

“En el supuesto de que hoy en día se tuviera que inventar un modo de conocer la voluntad popular, ¿se consideraría buena idea que la gente acudiera cada cuatro o cinco años con un papelito en la mano a una oficina electoral donde, en la penumbra de una cabina, marcaría con una cruz no una idea, sino nombres de una lista sobre la cual durante meses habría oído toda suerte de comentarios proferidos desde un entorno comercial que se nutre precisamente de la agitación? ¿Nos atreveríamos a llamar a ese ritual extraño y arcaico ‘la fiesta de la democracia‘?

Fuente: www.elconfidencial.com

Menosmalismo…

Elegir el menor de los males es algo que, todos o casi todos, hacemos cotidianamente. Si un determinado fármaco me cura una enfermedad grave a pesar de que tenga efectos secundarios desagradables es muy probable que elija el fármaco en cuestión y reciba la aprobación de todos. Pero cuando la doctrina del mal menor se convierte, dogmáticamente, en un principio incuestionable o tolerado con facilidad nos encontramos con una falacia o mala argumentación y con una desgracia. La falacia o mala argumentación consiste en que como siempre puede haber un mayor mal , queda justificada cualquier acción. Por poner un ejemplo extremo, votar a Pinochet para que no salga el mas repugnante de los nazis imaginables. Y eso no es de recibo. Y es una desgracia porque la izquierda, con vocación realmente emancipatoria y no de boquilla, ha caído con demasiada frecuencia en la aceptación de dicha manera falaz de argumentar. La historia abunda en tantos ejemplos que está de más enumerarlos. Es probable que esa supuestamente puntual sumisión, votar con la nariz tapada o conceder ahora para ganar mañana sea una de las causas de los constantes fracasos de una izquierda obnubilada por sacar la cabeza a cualquier precio y no perder un átomo de poder.

Es lo que creo que, como tantas veces, ocurre ahora. La consigna es ir a votar a toda costa, metiendo el miedo en el cuerpo, por muy real que también lo sea en la realidad. Habría que evitar a toda costa que la derecha y la ultraderecha ganen. Da igual que se pisoteen los principios, que se pacte con aquel que se detestaba, que se calle para no nombrar lo que moleste. Lo importante, y ahí se unen los que mandan y muchos de los, al menos autotitulados, luchadores de la izquierda. Algunos no estamos de acuerdo y pensamos que lo mejor es la abstención activa. No ir a las urnas pero trabajar día a día en la sociedad que es donde se gesta una política que merezca la pena. Y lo curioso es que, incluso dentro de los que poseen un corazón libertario, con el que simpatizo, cuando optan por no votar lo hacen con argumentos en relación a los muchos defectos de esta democracia. El paro, las desigualdades, la falta de real pacifismo, el maltrato a jóvenes y mayores y un sinfín de hechos que sin duda, son reales ,solo que se dan dentro del sistema. Y es este el problema de verdad, allí donde a de colocarse el punto de mira. Es el sistema, habría que repetirlo una y mil veces. Y si suena a estribillo, qué le vamos a hacer.

Fuente: https://insurgente.org

España vaciada…

España tiene 46,7 millones de habitantes repartidos en 504.000 kilómetros cuadrados, de modo que su densidad es de 92 habitantes por kilómetro cuadrado. Esa es la teoría porque, como todas las medias aritméticas, esta cifra dice muy poco sobre la densidad del territorio.

Sería más correcto decir que España es un enorme páramo moteado con un puñado de zonas en las que se apiñan (casi) todos los españoles: el 95% de la población vive en menos de la mitad de la superficie. El mapa que ilustra este artículo muestra las zonas menos densamente pobladas de la ‘España vacía’ o tal vez deberíamos hablar de la ‘España vaciada’, el término que están utilizando los mermados resistentes de la misma para denunciar el abandono al que, dicen, les tienen sometida la metrópoli.

La enorme mancha roja que recorre desde el noreste de Madrid hasta la ribera sur del Ebro es conocida como la “Siberia ibérica”: está poblada por algo menos de medio millón de personas repartidas en 1.393 municipios dispersos en 69.000 kilómetros cuadrados -algo menos de la superficie de Irlanda- y una densidad de las más bajas de Europa, 7,2 habitantes por kilómetro cuadrado.

La franja con Portugal, que abarca el oeste de las provincias de Cáceres, Salamanca y Zamora está ligeramente más nutrida (7,58 habitantes/km2). En sus 33.500 km2 (algo más grande que Bélgica) apenas viven 253.000 habitantes. Un auténtico páramo.

Y, lo que es más sorprendente, los que vivimos en ciudades lo hacemos mucho más apretados que el resto de los europeos: 20 de los 33 cuadrados más densos de Europa (40.000 habitantes por km2 o más) están en España. La densidad máxima la tiene este cuadradito de Hospitalet de Llobregat, donde se arraciman 53.119 personas, 900 más que en el distrito XVIII de París:

Fuente: https://blogs.publico.es

Ignominia…

Pocos sentimientos son tan incómodos como la vergüenza. Todos la hemos sentido alguna vez y la verdad que es difícil entender en qué podría beneficiarnos. ¿Pero es tan mala como parece o podría sernos útil bajo ciertas circunstancias?

Realmente es difícil de entender si lo pensamos fríamente, para qué puede servir la vergüenza. Sabemos que el miedo nos permite no cometer riesgos innecesarios que podrían acabar con nuestra vida, pero ¿la vergüenza? ¿Por qué no nos podemos librar de ese sentimiento?¿No podríamos nacer todos ya sin ese miedo al juicio de los demás?

Útil y fundamental

Daniel Sznycer investigador del Centro de Psicología Evolutiva de la Universidad de Montreal, realizó un interesantísimo experimento para intentar resolver estas dudas. Sus resultados indicaron que la vergüenza no sólo es útil, sino que es fundamental para nuestra supervivencia y para prosperar en un grupo. Por muy raro que pueda parecer, según el estudio la principal función de la vergüenza sería la de evitar que seamos excesivamente egoístas.

La vergüenza en las pequeñas comunidades

Los investigadores entrevistaron a 899 personas que vivían en 15 pequeñas comunidades  de diferentes partes del mundo.

Estas “sociedades a pequeña escala” incluían personas de diferentes nacionalidades, lenguas, culturas y religiones como los Andes (Ecuador), regiones remotas de Siberia (Rusia) o las islas  Mauricio.

Se presentaba a los participantes 12 situaciones hipotéticas en las que debían responder cuánta vergüenza debería sentir la persona implicada. Estas situaciones podían hacer referencia tanto a aspectos físicos o a comportamientos como robar a un compañero o ser demasiado perezoso.

También un grupo debía indicar en una escala, qué tan negativamente juzgarían a una persona que tiene esas características o comportamientos, mientras que  otro grupo debía responder cuánta vergüenza sentirían si fuesen esa persona.

Selección natural

En general los resultados indicaron un elevado nivel de acuerdo entre el grado de vergüenza que los participantes señalaban que una persona debería sentir con cuánto esa persona perdería valor para el grupo. Este nivel de acuerdo se daba tanto al interno de la misma comunidad como cuando se compraban los resultados entre las diferentes comunidades.

Los investigadores explican que este nivel de acuerdo entre diferentes sociedades, podría indicar que la vergüenza no es producto de la cultura, sino que formaría parte de la selección natural de la especie.

Entre el desinterés y el egoísmo

Analizémoslo desde la óptica de la evolución. Nuestros ancestros vivían en pequeñas comunidades y dependían del grupo para sobrevivir. La confianza era literalmente un caso de vida o muerte. Pero era necesario aprender a comportarse. Ser completamente desinteresado no era una buena estrategia porque se corre el riesgo de que te exploten. Por otro lado, ser completamente egoísta tampoco era una buena opción porque el riesgo era que ser excluido del grupo.

Según los investigadores, para prosperar una persona debía medir con precisión las consecuencias que tendrían sus actos, especialmente si eran demasiado egoístas como por ejemplo robarle a un compañero.

Una ayuda para mantener el equilibrio social

Los resultados del estudio sugieren que la vergüenza evolucionó para ayudarnos a tomar la decisión adecuada, o sea actuar pensando en los beneficios a largo plazo sin poner en peligro nuestro lugar en el grupo. En este caso, la vergüenza funcionaría como el dolor, nos avisa que no debemos repetir un comportamiento que amenaza nuestro bienestar.

Evidentemente esto no quiere decir que la vergüenza es siempre algo positivo. Si los estándares de nuestro grupo de referencia están distorsionados, la vergüenza funciona como un elemento de castigo y exclusión. Si pensamos en nuestros ancestros, el objetivo del grupo era sobrevivir.

Hoy en día los objetivos no son tan claros, y si por ejemplo nuestro grupo de referencia otorga un valor excesivo a un aspecto no determinante como por ejemplo la apariencia física, la vergüenza que sentimos por no seguir la norma no sería algo positivo, sino algo muy dañino para el individuo.

Fuente: http://www.psicologiaparatodos.net

Cumbres…

En una reciente excursión que estaba guiando, uno de los participantes me comentaba al final de la misma que había echado de menos un ritmo más elevado. Consideraba que la condición física de los participantes era superior al ritmo seguido y que podríamos haber caminado más rápido para llegar más lejos y hacer más kilómetros. Sin entrar a valorar la condición física del grupo, le expliqué que la filosofía de nuestras actividades no se centraba solo en realizar ejercicio físico descubriendo paisajes, sino que también poníamos valor en el mero hecho de “estar” en la naturaleza (en concreto en los entornos montañosos), escucharla, observarla, sentirla y aprender compartiendo conocimiento y experiencias con el resto del grupo.

Y es que en ocasiones nos dejamos llevar por el ritmo frenético que nos marca la agenda cotidiana, incluso cuando buscamos huir de ella o mitigar sus efectos.

Juanjo Garbizu, apasionado montañero, plasmó en su libro “Monterapia” su inquietud por esta creciente tendencia de pasar por el monte “deprisa”. Decía Juanjo que cada vez la gente pasa menos tiempo en las cumbres. “Y no me refiero solo, con todos mis respetos, a los que llegan corriendo, miran el cronómetro y se lanzan valle abajo. Tengo la sensación de que antes la montaña era más contemplativa, más reflexiva. Llegaba uno a la cima, se despojaba de la mochila, se sentaba y extraviaba la mirada en el vasto horizonte. Incluso mucha gente llevaba unos pequeños prismáticos y se entretenían reconociendo las cimas cercanas, dirigiendo su aumentada mirada hacia ellas. El vuelo rasante y cercano de un ave nos abducía sobremanera y el tiempo parecía detenerse en las alturas.”

Sin menospreciar la parte deportiva de las actividades en la naturaleza, de gran valor cuando se desarrolla desde el respeto, tal vez nos haga falta recuperar el disfrute de las montañas desde la perspectiva más sosegada. O al menos combinar ambas y que “alcanzar la cima” no sea el único objetivo.

Fuente: https://rutaspormontaña.es

El miedo al silencio…

Entre los hombres más afortunados del mundo, están quienes saben convivir con el silencio. Cuando nuestra mente deja de estar ocupada en lo inmediato y no tiene cerca ningún estímulo que la distraiga, el silencio se convierte en el espejo más fiel de nuestro interior. Refleja a nuestros peores fantasmas, nuestro vacío y la eternidad de los minutos cuando no hay nada que los llene o, peor aún, están llenos de oscuridad.

Si algo abunda en nuestra sociedad, son los juguetes rotos. Los hay de todos los tipos, formas y tamaños. El tiburón que no supo morder lo bastante fuerte y fue desterrado de su manada. La muñeca que quiso tocar la luna a fuerza de complacer a un águila para que aceptase llevarle allí, pero terminó presa en su oscuro nido. El robot programado para repetir un mismo movimiento hasta el infinito, y oxidado de tanto hacerlo. Todos ellos sienten terror ante el silencio.

Están quienes temen el silencio porque han sido educados para vivir en el ruido, a depender totalmente de las luces y sonidos artificiales que les rodean y ser incapaces de crear nada por sí mismos. Y están quienes temen al silencio porque les recuerda todas las pérdidas, humillaciones, años malgastados y miserias de toda índole que han padecido durante su existencia. A veces, estas personas están dispuestas a lo que sea por no escuchar el silencio. Incluso a autodestruirse lentamente. En otras ocasiones, el silencio es preludio de la muerte porque hay quien prefiere morir a soportarlo.

Y luego están quienes aprovechan el silencio para reproducir melodías en su mente. Para disfrutar del sonido de la brisa, relajar su cuerpo y sentir la paz. Para dejar volar su espíritu y crear ideas, belleza y arte. Para seguir amueblando su cabeza y reflexionar sobre quiénes son y hacia dónde quieren ir.

Una de las cosas más estúpidas que hacemos los seres humanos es emplear lustros en seguir un camino, pero no dedicar un segundo a reflexionar si ése es el que deseamos. La inercia provoca que millones de vidas se malogren. Y el silencio nos lo recuerda. Por eso le tememos tanto. Pero ninguna persona que sea incapaz de convivir con él podrá ser feliz. Tener un mundo interior lo suficientemente rico como para llenar los momentos de soledad es la clave para construir relaciones sociales sanas. Quien no sabe estar solo, es esclavo de la compañía de otros, del ruido y del vacío.

Miles de años de pensamiento y arte, y un mundo lleno de maravillas naturales, deberían ser suficientes para llenar cualquier mente y dar plenitud a cualquier vida. La sabiduría de tantos pensadores del pasado debería ser un punto de partida lo bastante sólido para que cada cual decida su camino y aprenda a guiarse. Y el silencio debería ser el contexto ideal para saborearlos. Pero los hombres libres no encajan con el modelo de sumiso productor que quieren los de arriba. Por eso nos enseñan a temer el silencio.

Fuente: https://www.meneame.net

Tuppers…

Son las siete de la mañana. Suena el despertador. Solo has dormido seis horas y cuarenta minutos porque ayer te quedaste navegando hasta las doce y pico de la noche. De hecho, esos minutos que existen entre que friegas los platos de la cena y te quedas dormido en la cama son el único instante de placer y gozo que le puedes arrancar al día. Solo estos minutos pueden contener las pasiones que hacen que tu vida valga la pena ser vivida, ahí se encuentran comprimidos tus hobbies, tus proyectos y tus esperanzas. Son solo dos horas, pero son tu vida.

Fuente: https://www.vice.com

Corredores de montaña…

¿Le molesta que le adelanten los corredores de montaña?

Correr en la montaña no es novedad, pero ahora se ha convertido en una tendencia que convierte senderos, antaño agradables, en concurridas pistas de competición a toda velocidad.

¿La montaña no es de todos: de los lentos y los rápidos?

Pero sin empujar. Y pensando en por qué hacemos cuanto hacemos. A menudo, esas velocidades sólo son narcisismo: “Fíjate en qué pocos minutos he llegado”. Y lo cuelgan en redes y hay hasta quien lo retransmite.

¿Qué tiene de malo?

Nada. Los fisioterapeutas están encantados de lo que van a ganar con todas esas rodillas, tobillos y caderas machacadas.

¿Entonces no le impresionan las hazañas de Kilian Jornet?

¡Cómo no me van a impresionar! Tal vez sea el atleta más formidable de este siglo: una leyenda. Pero también citaré a Reinhold Meisner, uno de los alpinistas más grandes de todos los tiempos, cuando dice que Jornet no tiene cabida en sus libros, porque es un atleta; no un montañero.

¿No es la suya una queja viejuna? ¿No va usted lento, porque no puede correr?

Sólo reivindico el derecho, sobre todo de los que empiezan, a ver la montaña no como un escaparate de forma física sino como una burbuja de salud, también mental, y bienestar, donde relajarse sudando, poco a poco.

¿Despacio se llega más deprisa?

Y, sin duda, también más profundo en tu interior. Cada vez que voy a la montaña y empiezo a sufrir y a gozar subiendo, recuerdo a los guías del Kilimanjaro repitiéndonos: ¡ Pole, pole! (poco a poco) .

Sabios.

El monte, que es como lo llamamos los vascos, se disfruta más sin prisas. Igual que se goza más de un buen bocata y hasta de la bota de vino que de las barritas energéticas y bebidas de colores llenas de cafeína.

Cada uno disfruta a su manera.

Y yo respeto a los veloces: han revitalizado pueblos perdidos y llenan bares y hoteles. Y las marcas deportivas han ganado millones con ellos: hay zapatillas para subir a la carrera, de precios altísimos, que tienen una suela del grosor de una fina loncha de jamón.

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Canto a la libertad…

A veces sueño con una casita en el campo y un príncipe azul. Pero en el fondo sé que no puedo; me falta valor para afrontar la vida cotidiana, la rutina de un trabajo o el compromiso de un amor; nací pájaro y miro con envidia a la gente que es feliz en tierra, como el rebeco mira con nostalgia el vuelo de las águilas.

Miriam García Pascual (Bájame una estrella)

Espiral del silencio…

¿Qué dice la espiral del silencio?

Recojo el planteamiento de la Wikipedia en castellano: “Las personas temen permanecer aisladas del entorno social y, por este motivo, prestan una atención continua a las opiniones y comportamiento, supuestos por la mayoría, que se producen a su alrededor. Dado que las personas gustan también de ser populares y aceptadas, se expresan de acuerdo con las opiniones y comportamientos mayoritarios“.

Hasta aquí, estamos de acuerdo. No es muy habitual leer en redes sociales opiniones en contra de los pensamientos que se consideran mayoritarios. Por ejemplo no es fácil leer en vuestro Facebook opiniones contra los homosexuales o contra las minorías étnicas. Pero sabemos que la homofobia y el racismo existen, y conocemos a racistas y homófobos que en su Facebook nunca expresan su pensamiento, por lo que observamos el primer descuadre entre opinión privada y pública.

Esto son opiniones fijas e instaladas en la sociedad. Pero luego hay opiniones cambiantes, como la que aquí nos ocupa. Veamos lo que dice Noelle Neumann: “Con respecto a las teorías cambiantes, el individuo debe observar con atención en qué dirección se produce el cambio. Los individuos que entienden que el cambio se produce en la misma dirección que sus propias opiniones personales, las expondrán en público, pero, al contrario, si el cambio se produce en oposición a las suyas tenderá a ser más cauto al exponerlas en presencia de otras personas”. Aquí yo añado un tercer tipo de individuo de mi cosecha: aquel que no tenía una opinión formada sobre el asunto pero se adhiere a la opinión mayoritaria. En el caso de La Manada es claro, al ver los ‘expertos’ en derecho penal que salieron como setas tras la lluvia y tenían muy claro por qué defendían el lema del movimiento: #noesabusoesviolación.

En la jornada de ayer pudo verse uno de estos movimientos en espiral, en el que los mensajes en la misma dirección llegan primero de las personas que a todas luces ya estaban convencidas en este mensaje y por tanto creen en él. Líderes de opinión feministas y tuiteras anónimas también feministas comparten la idea: la sentencia es un fraude, los jueces son machistas, y cuando digo que no es no.

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Entrevista…

 Lo que quiero es que tengamos una conversación sincera. 
Aha.- contesta ella sabiendo que hemos empezado mal. Si algo no quiere él es que ella sea sincera.
Te voy a ser sincero. 
Me parece muy bien.- contesta ella sabiendo que es ahora cuando viene el comentario desagradable.
A mi me gustaría para este puesto el mejor de España y ,obviamente, tú no eres la mejor de España. 
– En eso estamos de acuerdo. Si fuera la mejor de España no estaría aquí, obviamente. 
Primera cara de sorpresa de él.
– Esto ¿por dónde iba?
– Porque no soy la mejor de España. 
– Ah si, eso. Bueno pero eso no quiere decir que no crea que tienes muchas capacidades. 
– Gracias. 
– Lo que de verdad me preocupa es que este no sea tu trabajo ideal. 
– No es mi trabajo ideal. ¿Es el tuyo? 
– ¿Qué?
– Este no es mi trabajo ideal. Claro que no lo es. Mi trabajo ideal sería trabajar en casa un par de días a la semana y otros tres ir a un sitio chulo  al que pudiera ir caminando o viajar a otra ciudad a hacer colaboraciones. Otro trabajo de mis trabajos ideales sería tener una pequeña librería o trabajar en una biblioteca.
Segunda cara de sorpresa.
– Pero que no sea mi trabajo ideal no quiere decir que no vaya a hacerlo lo mejor posible. ¿Estar aquí, entrevistándome, es tu trabajo ideal? Seguro que no, pero yo no dudo de tu interés e intención en encontrar la persona adecuada para el puesto. 
– Esto…vale. Pero lo que me preocupa es que te cojamos, trabajes aquí unos meses y te salga algo mejor y te vayas. 
– Lo entiendo. Si me sale algo mejor, me iré. 
– ¿Cómo?
– No sé, a mi me preocupa entrar a trabajar aquí y que dentro de 4 meses pienses que no soy la persona adecuada y me eches. Estamos iguales. 
– Esto… claro pero me gustaría tener un compromiso firme. 
– Y a mi. ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué no me voy a ir si me sale algo mejor? ¿Qué te entregue a mi primogénita en prenda? ¿Qué me dais vosotros a cambio?
– Esto….
«No da el perfil. Es un alma libre».

Prisión permanente revisable…

Todos estamos de acuerdo en que algunas conductas están mal. Todos estamos de acuerdo en que determinadas conductas especialmente graves tienen que tener privación de libertad. Teniendo esto claro, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo? Porque no estamos pensando en lo mismo, porque concebimos la justicia de una forma diferente. En estos casos concretos, nos adscribimos a una de dos en su mayoría, aunque luego utilicemos argumentos de la otra o aceptemos sus matices.

Como siempre que hablo de Teoría del Derecho, dejad ideas preconcebidas a un lado, leed el artículo y ved si lo que más os encaja está en relación con vuestras ideas sobre el tema en concreto. En ocasiones hay sorpresas…

Y el tradicional disclaimer: si sois juristas o filósofos, recordad que esto es algo súper condensado y sencillísimo para el profano y me dejo muchísimo en el tintero…

Las dos grandes concepciones

La gran división entre estas dos visiones es una pregunta sencilla: ¿Para qué sirve la pena? Y esto es lo mismo que preguntarse ¿para qué sirve el derecho penal? e, incluso, ¿para qué sirve el derecho?

Bien, pues sintonicemos HBO, aplaudamos y veamos en lados enfrentados del ring al retribucionismo y al utilitarismo. Las hostias entre estas dos corrientes llevan siendo antológicas durante siglos y, lo sepas o no, estás defendiendo a uno de ellos.

1- Empecemos con el retribucionismo, que es una filosofía más limitada en tanto que no tiene las ramificaciones del utilitarismo (din din din, si te suena Bentham la has clavado) aunque parte de algunas doctrinas de auténticos Pesos Pesados de la Filosofía, como veréis ahora.

El retribucionismo viene a decir que si algo es malo, ha de castigarse. El daño causado es un daño que ha de castigarse independientemente de que el castigo sea útil o no, de que baje la criminalidad o la felicidad o el coño de Santa Eulalia o no.

Si te está resonando por ahí algo de un tal Kant, eres bastante listo y sí que se pueden ver relaciones. Simplificándolo mucho, para Kant la mentira está mal y es mala aunque mintiendo consigas que no se carguen a un inocente. El retribucionismo viene a decir algo similar y es un concepto basado más en un concepto indeterminado de justicia y «orden natural», aunque también tiene su origen en la Teoría del Contrato Social. La haces, la pagas. (Kant tampoco era un nazi irracional y el retribucionismo no es una posición reaccionaria porque viene ponderada por la proporcionalidad de la pena).

2- Y al otro extremo, tenemos al utilitarismo, que es una filosofía (o ética) que abarca mucho más lejos que el derecho y dice que la mejor acción es la que hace la mayor cantidad de bien a la mayor cantidad de personas. Algunos denominan al «utilitarismo legal» «prevencionismo«, aunque estamos en la misma. Si es útil en ese sentido, es la decisión correcta. Claro que ahí metemos la picha en coño de veinte metros y en función de la corriente, «utilidad» y «bien» tienen distintas concepciones.

Aplicado al derecho, el utilitarismo dice: el fin de la pena no es castigar, es generar el mayor bien posible a la sociedad. Encarcelas a alguien no para que sufra como castigo (o no primordialmente), sino para mantenerlo alejado de la sociedad y que no dañe a nadie más. Incluso si te cargas a alguien (sí, hay o hubo utilitaristas defendiendo la pena de muerte) es porque la elección que más bien genera para el mayor número de personas es que esa persona muera en tanto que has comprobado que cualquier otra elección es menos «útil».

Y yo, ¿qué soy?

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Cuando el modelo suplanta a la realidad…

Un día fue para mí histórico. Fue en el planetario, al principio, una de las primeras sesiones para escolares y yo les estaba enseñando a mirar el cielo: el carro, la osa mayor, la estrella polar… “¿Os acordáis de que antes se veía Orión?”, les decía. “Pues ahora no se ve por el horizonte”. Les enseñaba las constelaciones, lo que pasa a lo largo de una noche, éste es Mercurio y éste es Venus, y éste es Júpiter… Y un día se me levanta un niño y me dice “¿Y la Tierra dónde está?… Aquello me sonó como una bofetada enorme. ¿Y la Tierra donde está? Tengo que reconocer que le di un grito. Y le dije: ¡Debajo de tus pies! ¡Y cuida de que no deje de estarlo nunca!

Pero es que… aquello era brutal, ¿qué había hecho la escuela con aquel crío? Había conseguido la usurpación de la realidad por el modelo. O sea, ¿qué era el sistema solar? El sistema solar era un dibujo de su libro en donde estaban Mercurio, Venus, Marte, Júpiter… y la Tierra… Entonces, allá donde estén Marte, Júpiter y tal, tiene que estar la Tierra. Y esta realidad del modelo se había impuesto de tal manera a la mente de aquel crío que ya la realidad cósmica había pasado a ser una ficción. Y empiezas a preguntarte, bueno vamos a ver, ¿cuántas de las cosas que le hemos enseñado a este crío, a estos críos, tienen sentido para ellos? ¿Cuántas le sirven para pensar, para razonar, para pasar una noche bonita mirando a las estrellas, para saber lo que es un planeta…? […]

¿Quién dijo que lo que había que saberse era un modelo cuando los modelos sirven para explicar realidades y la realidad se desconoce? Concho, yo el modelo no lo necesito. Deje usted que yo haga modelos para interpretar las realidades que conozco. Enséñeme los modelos que vaya creando, enséñeme usted a crear modelos, pero no me enseñe los modelos, ni el de Copérnico, ni el de Tolomeo… ¡Ninguno! Primero la realidad, después que venga lo otro.

Fuente: http://naukas.com

Vagamundo…

Me fui a los bosques porque deseaba vivir en paz, enfrentarme a la esencia misma de la vida y comprobar si era capaz de aprender todo lo que se me podía enseñar. Quería vivir intensamente y sorberle todo su jugo a la vida. Abandonar todo lo que no era la vida, para así, no descubrir, en el instante de mi muerte, que no había vivido.

H.D. Thoreau

Fuente: www.yomelargo.com

La enseñanza mata la curiosidad…

Craig Blewett es profesor de universidad en Sudáfrica. Cuando termina su clase se dirige a los alumnos y les pide que hagan preguntas para resolver sus dudas. “¿Alguna pregunta?”. Después de treinta segundos de silencio, y tras insistir, un alumno levanta la mano y se lanza: “¿Todo esto entrará en el examen?”. Hasta aquí ninguna sorpresa. La situación se repite en todos los centros educativos y resulta familiar para cualquiera que se dedique a la enseñanza. Pero Blewett ha estudiado el fenómeno con mayor profundidad y cree que, de alguna manera, “hacer preguntas es un arte que está muriendo”.

Juan Meléndez, profesor del departamento de Física de la Universidad Carlos III, se quejaba recientemente en una entrevista en Sinc de que la curiosidad tiene un papel “mínimo” en los colegios, donde se dan respuestas prefabricadas que las preguntas que hacen los alumnos, sin ir al fondo de la cuestión. “Por ejemplo, se dice que un cuerpo flota “por el principio de Arquímedes”. Eso no es explicar nada, es dar simplemente un nombre”, denuncia el físico. El niño seguirá sin entender por qué flota un cuerpo pero dejará de hacer preguntas. “Por eso digo que la enseñanza mata la curiosidad científica”, añade.

El profesor de Psicología Scott Barry Kaufman se quejaba de lo mismo en otro artículo reciente en The Atlantic. En su opinión, “los colegios están olvidando lo más importante sobre el aprendizaje”, que es fomentar la curiosidad de los alumnos. Y cita varios estudios que indican que uno de los principales indicadores de éxito académico en el futuro es adquirir esa pasión por conocer a una temprana edad.

Fuente: www.vozpopuli.com

Que ayuden los que más tienen…

– Que den los millonarios, le dirán.

– Mire, eso es como si alguien se estuviera ahogando y yo lo estuviera viendo con Mark Spitz a mi lado. ¿Sabe quién es Mark Spitz?

– El campeón de natación.

– Bueno, pues es como si yo le digo a Mark Spitz que tiene que tirarse él porque nada mejor y, como él no quiere hacerlo, yo tampoco me tiro.

– Muy gráfico.

Fuente: http://www.elperiodico.com

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