La última lección de Anguita…

Si en estos momentos viniese un extraterrestre a España, o sencillamente un extranjero que nada conociese de nuestra política, y viese las reacciones en medios, redes, mentideros políticos y ciudadanos ante la muerte de Julio Anguita pensaría en su liderazgo en alguna organización política de millones de seguidores.

Este nuevo observador no podría imaginar que, cuando era el líder de una organización política, apenas le votaron ni el 10% de los ciudadanos, la tercera parte de la gente que votaba a Aznar y luego a Rajoy, que ese al que ahora aplauden su coherencia en los periódicos era machacado y destrozado cada día por los medios cuando era coordinador de Izquierda Unida, calificado de iluminado por sus adversarios políticos y, no olvidemos, traicionado cada dos meses por compañeros de su propia organización.

Cualquiera que ahora tenga menos de treinta años no entenderá cómo ese político tan admirado y coherente, y con un discurso tan incontestable, tenía una influencia irrelevante en el sistema por el cuál se decide qué políticos nos gobiernan.

La unánime reacción de aplauso y reconocimiento de la clase política, mediática y la ciudadanía ante la muerte de Julio Anguita será la última lección que nos habrá dado el líder comunista: que existe algo miserable en este sistema político, o quizás en la naturaleza humana, que logra neutralizar al hombre que con su  pensamiento nos muestra la verdad, la dignidad y la necesidad de levantarnos y que en vida de poco o nada le sirve en las urnas. Hay que reconocerlo y decirlo, la decencia de Anguita genera muchas loas y brillantes obituarios, pero en este país por cada uno que le hubiera votado, cien lo habrían hecho a un prevaricador, un estafador, un ladrón o un criminal. Es lo que ha estado sucediendo desde hace cuarenta años. La sociedad española, esa que ahora le aplaude como si todos ahora fuesen seguidores de sus principios, lleva muchos años matando a Anguita con nuestra hipocresía, nuestra insolidaridad, nuestro nihilismo, nuestra frivolidad y nuestro conformismo. Ojalá nos despertara tanta sensación de vergüenza propia como admiración.

Fuente: www.eldiario.es

Ampliación:

Aplausos…

He vivido con alegría las oleadas de aplausos en los balcones al personal sanitario que más tarde se ha extendido a las cajeras de supermercados, transportistas, auxiliares de ayuda a domicilio y limpiadoras. A pesar de que me parece que ese aplauso nos engrandece como sociedad, porque nos abraza y es la victoria del nosotros frente al yo en tiempos de individualismo neoliberal. Nos querían solos y nos tienen aplaudiendo a nuestros servicios públicos en los balcones. Poético es, qué duda cabe.

Me parece una trampa en la que caemos recurrentemente que, cada vez que un colectivo es víctima de injusticia, la sociedad lo convierte en héroe. Es el truco neoliberal, la ideología que ha arruinado y privatizado nuestros sistemas públicos de salud, para ocultar la desigualdad y llenarnos los ojos de lágrimas con las que no nos dejan razonar.

Detrás de esta mística emocional del capitalismo, que es capaz de convertir en emoción que unos abuelos se tiren tres noches haciendo cola en la puerta de un colegio público para matricular a su nieto, en lugar de denunciar la falta de plazas ofertadas o el privilegio de la educación privada frente a la pública por parte de los gobiernos sujetos al dogma neoliberal.

Impensable sería hace 30 años que estuviéramos hablando de que una médica o un enfermero fueran trabajadores precarios, el eufemismo con el que en la posmodernidad nos hemos dado para llamar a los nuevos pobres generados por esta fase salvaje del capitalismo.

Entre aplauso y aplauso a los sanitarios, cajeras o limpiadoras, poco o nada se ha publicado de sus condiciones de vida, de los contratos de días que van emparedando o de los sueldos de mierda que cobran todos los trabajadores que, de precarios que son, no tienen derecho ni a hacer cuarentena porque son la base fundamental sobre la que se sostiene nuestra vida, aunque el sistema se lo paga con relegarlos a la cola de importancia social.

No he visto ni un solo cartel en redes sociales que pida la subida del sueldo de las enfermeras, médicos, limpiadoras o cajeras de supermercados; no he visto un solo cartel, ni una sola noticia, que explique cómo tiene la espalda y las manos una cajera de supermercado con 45 años después de toda una vida de movimientos repetitivos; nada se ha dicho de que muchas de las auxiliares de ayuda a domicilio, a las que les pagan 4 y 5 euros la hora por cuidar ancianos y personas dependientes, tienen salarios por debajo de los 600 euros al mes, contratos de 25 horas semanales y con jornadas partidas de mañana y tarde.

Espero veros en las calles a todos los que aplaudís ahora, a todos los que pintáis arco iris en las ventanas y gritáis viva España. Espero veros a todos lo que hacéis de policía desde vuestro balcón cuando pasa alguien por la calle. Espero que la exaltación con la que salís a corear a los que se están dejando la vida por nosotros, se convierta en concienciación que nos haga movilizarnos de una vez por nuestros derechos y los de todos.

Porque sois muchos ahora los que hacéis ruido desde vuestro balcón, muchos más de los que he visto nunca en cualquier manifestación para que no arrasaran con nuestros derechos y muchos más de los que jamás han secundado una huelga general en nuestro país para reivindicar no solo pan, sino también dignidad. ¿Dónde estabais entonces cuando tanto os necesitamos? ¿Pasaréis de la arenga y el fervor a la acción y la lucha? Porque está bien animarse, lo hacen todos los jugadores de cualquier deporte o los militares, antes de pasar a la acción. Pero saben que luego viene la acción, que el grito, la palmada al compañero y el enaltecimiento por sí solos no sirven para nada.

Cuando todo esto acabe habrá fiesta, jolgorio y alegría, pero también nos quedará por delante mucha lucha. Lucha por reconquistar los derechos que nos quitaron y por hacer, entre todos, una sociedad mucho más justa en la que el centro seamos las personas, no los beneficios de las empresas para las que somos tan solo un número en su balance de cuentas. Espero veros en las calles entonces, porque con los aplausos no basta.

Fuentes:

Virus de clase…

El coronavirus está mostrando lo trágicamente superfluas que eran las milongas con que nos tenían entretenidos los principales tahúres de la política. Todos los que usaban esos espantajos para ganar votos fomentando el odio no tendrá que pelear por un respirador en un hospital público atestado, ni llorarán de miedo ante la pérdida de su empleo y la imposibilidad de llegar a fin de mes. Pero muchos de quienes les votamos, sí.

Fuente: www.meneame.net

Distopía vírica…

Imaginen que el contagio del coronavirus se extiende por Europa de manera incontrolada mientras que en el continente africano, por las condiciones climáticas, no tiene incidencia. Aterradas, las familias europeas escaparían de la enfermedad de manera histérica, camino de la frontera africana. Tratarían de cruzar el mar por el Estrecho, se lanzarían en embarcaciones precarias desde las islas griegas y la costa turca. Perseguidos por la sombra de una nueva peste mortal tratarían de ponerse a salvo, urgidos por la necesidad. Pero al llegar a la costa africana, las mismas vallas que ellos levantaron, los mismos controles violentos y las fronteras más inexpugnables invertirían el poder de freno. Las fuerzas del orden norteafricanas dispararían contra los occidentales sin piedad, les gritarían: vete a tu casa, déjanos en paz, no queremos tu enfermedad, tu miseria, tu necesidad. Si los guionistas quisieran extremar la crueldad, permitirían que algunos europeos, guiados por las mafias extorsionadoras, alcanzaran destinos africanos, y allí los encerrarían en cuarentenas inhóspitas, donde serían despojados de sus pertenencias, de sus afectos, de su dignidad.

Fuentes:

Egoísmo…

Egoísmo racional

El egoísmo racional es la tesis de que la búsqueda del propio interés es siempre racional. La asunción del egoísmo racional da lugar a la paradoja de la votación: dada la baja probabilidad de ser decisivo, en relación con el beneficio personal de un cambio en el resultado, la votación en las elecciones no es racional a menos que el número de electores sea muy pequeño. La ética objetivista considera que el altruismo es un vicio, ya que condena a todos los hombres a satisfacer las necesidades de los demás, nunca las propias.

Egoísmo moral

El egoísmo moral, o egoísmo ético, es una doctrina ético filosófica que afirma que las personas deben tener la normativa ética de obrar para su propio interés, y que tal es la única forma moral de obrar, sin embargo permite de manera opcional realizar acciones que ayuden a otros, pero con la finalidad que el ayudar nos dé un beneficio propio tomándolo como un medio para lograr algo provechoso para uno mismo. El altruismo provoca que se abandonen sueños, proyectos, etc. sacrificando la vida propia para salvar a otras personas.

Egoísmo psicológico

El egoísmo psicológico es la teoría de la naturaleza humana que afirma que la conducta está impulsada por motivaciones autointeresadas, y niega la existencia de conductas verdaderamente altruistas. El egoísmo psicológico pretende ser una teoría acerca del cómo los individuos se comportan, consecuentemente debe diferenciarse del egoísmo ético, de acuerdo con el cual los individuos deben moralmente estar motivados por su propio interés y del egoísmo racional, que sugiere que lo racional es maximizar los intereses del actor en todas circunstancias.

Pin parental musulmán…

La polémica está servida. O todos moros, o todos cristianos, ¿quién puede decidirlo? Solo el tribunal de Estrasburgo.

La izquierda se echa las manos a la cabeza:

-¿Pin parental? ¿Pero que se han creído estos fachas? ¡Los niños no son de los padres!

La derecha casposa y populista:

-Pin parental o a nuestros niños les van a enseñar a masturbarse en grupo y se nos volverán gays, lesbianas o trans.¡La raza española peligra!

-Los islamistas:

– Estos cristianos están pallá, eso les pasa porque los hijos de los infieles no nacen como los nuestros. Con el pin parental de serie.

Sí, nosotras nacemos ya con el pin parental de serie, como el airbag de cualquier coche familiar. Nuestro pin parental de serie no solo nos exime de actividades extraescolares. El nuestro es un pin de alta gama, también nos exime de las clases obligatorias y nos blinda contra todo tipo de sensaciones. Y no hay forma de quitárnoslo a no ser que algún profesor vocacional, concienciado y amante de los derechos humanos, decida que ya está bien y lo denuncie.

Las causas de las denuncias pueden ser variadas, podemos elegir:

Padre: -¡Mi hija no puede asistir a clase de gimnasia, nuestra religión lo prohíbe! No puede exhibir su cuerpo delante de alumnos varones.

Ya sabemos como son los cuerpos, capaces de moverse, contonearse , doblarse, estirarse…y claro, como van a permitir esos padres que su hija vaya provocando a sus compis de tan lasciva manera?

La alumna no puede asistir a clases de natación,

Padre: -¡Mi hija en bañador delante de los chicos, ni hablar! Nuestra religión lo prohíbe.

-Pero señor, (se justificará la dirección del colegio)- Su hija puede ir la clase en burkini.

-¡Ni hablar! Las clases son mixtas, cualquier chico puede ver definido el cuerpo de mi hija en un descuido.

Niñas y niños no pueden asistir a clase de música.

Padre: -Nosotros consideramos que la música es haram (pecado). ¡La música es la flauta de Satán! El sonido de la flauta incita al pecado.

Profesora: -Pues tienen que tocar, es una asignatura obligatoria.

Las niñas y niñas acaban yendo a clase de música pero negándose a tocar cualquier instrumento.

Los padres de niñas y niños musulmanes pueden negarse a que sus hijos no asistan tampoco a clase de orientación sexual, y lo hacen. Para eso no les hace falta ni protestar, la niña o el niño se ponen “enfermos” ese día y se evita el conflicto. ¡Todos contentos!

Si esas niñas y niños tienen suerte, y como he dicho antes, se encuentran con una profesora o profesor amante de los derechos humanos, esta lo denunciará.

Esa denuncia seguirá su curso, un camino arduo. Pasará de la profesora a la dirección del colegio, de allí al Ministerio de Educación, de allí a los tribunales, donde normalmente se le dará la razón a los padres en primera instancia (sí, los hijos son de los padres). Si no se les da la razón a esos padres, la comunidad islámica se encargará de proveer a los mismos de recursos económicos suficientes para que esa sentencia llegue hasta el máximo tribunal, el de Estrasburgo.

Y menos mal que ese tribunal tiene muy en cuenta que los derechos humanos están por encima de cualquier creencia o religión, así en la mayoría de los casos se fallará a favor de la libertad del menor.

Mientras, esas niñas se habrán perdido las clases de natación, las de gimnasia, las de música, las de orientación sexual… nimiedades, cosas que no sirven para nada porque total, todos sabemos que los musulmanes están acostumbrados, es “su cultura” y hay que respetarla. Esas niñas se pondrán el velo por libre elección y se casarán a temprana edad con un buen musulmán. ¿Para qué les va a servir la gimnasia o saber nadar? En cuanto a la música… total, es una “maría”, tampoco es que cuente mucho, ¿o alguien conoce a algún director de orquesta musulmán? (Los hay, por supuesto.)

Yo personalmente agradeceré siempre a mis maestros su valentía. En plena dictadura nos reunían a escondidas en clase para debatir sobre el aborto, las relaciones sexuales, ecología, salud o política. Y mi generación salió tan bien que no nos merecemos estar debatiendo a estas alturas sobre ningún pin neandertal.

Fuente: https://nonostaparanblog.wordpress.com

Vieja escuela montañera…

Sin bastones, las piernas como únicos cimientos, las rodillas todavía intactas, los pulmones inmensos como los paisajes, los pies ya puños contra las piedras, ensamblaje perfecto de juventud y madurez.
La ropa nada técnica, un pantalón corto, una camiseta de propaganda, un chubasquero canguro, las botas aún sin gore-tex, la mochila una cualquiera, una gorra de la Caja de Ahorros. Un mapa de editorial Alpina, un cantimplora forrada de gamuza verde, un bocadillo de tortilla, por si acaso tal vez también una lata de sardinas o un poco de embutido, algo de fruta, chocolate y frutos secos.
La vista despejada, ojos con retinas limpias. Unos prismáticos bastante pesados. Los hitos señalando la ruta. El saludo a quien encontraras. Una foto todos juntos. Dame la dirección, que llevo libreta y boli, y te enviaré una copia por correo. No, no me pagues nada, faltaría más.
Excursiones aquéllas, cuando aún eran nuevos muchos nombres de montañas.

Fuente: www.facebook.com

Viajar…

«Viajar es librarse de todas las ideas, de todos los prejuicios que la sociedad nos mete dentro desde que nacemos…pero que no sirven para nada, que no contribuyen para nada a nuestra felicidad. Es librarse de todas esas ideas, de las invenciones y fantasías de una cultura en una sociedad concreta. Me refiero a ideas como…el dinero…o las posesiones…o Dios…o el amor monogámico…o la buena educación. Todas esas ideas que parecen muy reales para la gente que está en una sociedad concreta; parecen verdades tan reales como el suelo, pero que en verdad son sólo fantasías de una cultura.»

Albert Casals

Educación concertada…

Como cada vez que uso el transporte público urbano suele tocarme de compañera gente de pocos recursos y bajo nivel social, a veces extranjeros, que hacen que mi trayecto no me resulte lo cómodo que podría esperarme, voy a proponerle a mi alcalde que suprima alguna línea actual y en su lugar cree otra que, para el mismo trayecto, cueste algo más cara, lo suficiente como para que esa gente siga usando la línea antigua y en la nueva sólo vayamos los que disponemos de más medios. Total, a ellos les dará igual tenerme o no de compañero y yo, desde luego, iré más cómodo así. ¿Que soy un egoísta? ¿Que mis argumentos son despreciables? ¿Que ninguna Administración pública será tan irresponsable como para hacerme el juego? ¡Qué va! Cambiemos “transporte” por “educación” y… ¡ahí está!: ¿o qué es, si no, la enseñanza concertada?

Fuente: https://elpais.com

¿Son los ricos malas personas?

Businessman fixing his suit.

Hay un artículo académico curioso que lleva una temporada dando tumbos por la blogosfera americana intentando discernir si hay relación entre moralidad y nivel de riqueza. El punto de partida son varios experimentos de laboratorio (sí, ya sé, un montón de problemas metodológicos asociados) así como un estudio de observación empírica bastante ingenioso aunque un poco extraño. Los resultados son como mínimo curiosos, aunque no estoy del todo seguro que podamos sacar demasiadas conclusiones.

Primero, en una intersección de tráfico transitada, se mide el comportamiento de los conductores y su tendencia a conducir de forma agresiva y a respetar preferencia de paso. El estudio distingue entre coches caros (BMW, Mercedes, Cadillac, etcétera), presumiblemente conducidos por gente rica, y coches baratos, se supone con conductores con menos renta. Tras analizar los datos, los investigadores llegan a la conclusión que todo el mundo que ha conducido un coche pequeñito sabe de sobras: la gente con coches caros creen que son los reyes de la carretera. En fin, nada demasiado sorprendente.

Los estudios interesantes, sin embargo, son las pruebas de laboratorio. En la primera se les da a los participantes un texto que describe a alguien haciendo algo de forma deshonesta para ganar cierta ventaja, y después se les pregunta si creen que harían algo parecido. La gente con más ingresos, de forma casi invariable, decía que sí, que harían algo parecido; el resto de participantes sin embargo tendían a oponerse. En el segundo experimento, se les hacía una pequeña encuesta a los participantes, y se les decía que podían coger unos cuantos caramelos en la salida de un cesto, aunque se les comentaba que eran para los niños de una actividad posterior. Los ricos, de forma invariable, se llevaban más caramelos.

También como parte de estos experimentos se creó un pequeño juego de negociación simulada. A los participantes se les decía que tenían que negociar el salario de un contrato con otra persona, aunque la plaza ofrecida era temporal. Los participantes ricos eran mucho más propensos a mentir sobre la estabilidad del trabajo ofrecido que el resto, si con ello conseguían que la otra persona aceptara un salario menor. También crearon un pequeño experimento dando la oportunidad a los participantes de hacer trampas. Los participantes lanzaban cinco dados en un ordenador, y se les decía que como mayor fuera el resultado, más probabilidades tenían de ganar un premio. Aunque el resultado en la tirada era para todo el mundo el mismo (12), los participantes de renta alta eran muchísimo más propensos a decir que habían sacado una tirada mayor. Para acabar, se creó una encuesta con preguntas con sesgo sobre avaricia, para ver si las respuestas seguían siendo distintas. De nuevo la gente con más dinero eran más propensos a responder en favor de su propio interés.

Obviamente es un estudio con varios experimentos no necesariamente demasiado significativos, así que es complicado decir hasta que punto los resultados son viables. Los números cuadran, pero es difícil decir si son replicables, o si el comportamiento observado está midiendo egoismo o simple racionalidad instrumental. Aún así, es fascinante pararse a pensar sobre si este estudio, de ser cierto, indica cierta realidad sociológica o de actitudes entre la gente de renta alta en la región de Estados Unidos donde se hizo el estudio («soy rico y estoy por encima del bien y del mal») o incluye una cierta causalidad de forma implícita. Es decir, un persona no se convierte en un cabrón desalmado cuando conduce un BMW, sino que ser un cabrón desalmado hace que sea más probable que ganes suficiente dinero para comprarte un BMW. Si uno quiere ser alguien en la vida no basta con ser brillante, también tiene que ser un poco más egoísta que la media.

Cosa que me lleva al siguiente punto: ¿no es eso una obviedad? La gente más competitiva es obviamente un poco más egoísta. Es cosa de pura racionalidad instrumental. Es un artículo curioso, y el diseño de investigación es como mínimo intrigante, pero no sé si podemos sacar demasiadas conclusiones. ¿Opiniones?

Ampliación: ¿Por qué los ricos son insensibles y poco empáticos?

Fuente: https://politikon.es

¿Por qué se quieren las personas?

Seguro que en más de una ocasión nos hemos preguntado cómo gustar a alguien; qué nos hace atractivos a ojos de otros. La psicología social es la disciplina que nace del estudio de los pensamientos y comportamientos de las personas, fruto de su interacción con otros; es decir, la que estudia cómo respondemos a lo que otro individuo hace. Dentro de este marco, encontramos las interacciones sociales que se dan en el desarrollo de una relación entre dos personas y los fundamentos que sustentan el éxito o fracaso de ese vínculo emocional.

Un clásico: los piropos

El gustar a los demás, demostró ser una preocupación mayúscula para muchas personas cuando el libro de Dale Carnegie, Cómo ganar amigos e influir a la gente se convirtió en uno de los mayores best-seller de la historia.

Para empezar de una forma sencilla: ¿cuál es el método más comúnmente utilizado cuando queremos gustar? La amabilidad. Cuando somos agradables con alguien, estamos expresando nuestro interés y conformidad para crear un vínculo satisfactorio, independientemente de su finalidad. Con tónica general, preferimos complicidad a competición y halagos a críticas. ¿Cuál es el motivo real que nos lleva a esta predisposición de rasgos considerados socialmente como positivos? La mayor recompensa con el menor esfuerzo.

Un elogio, a efectos prácticos, es una recompensa. Cuando se nos halaga se nos está diciendo que hacemos las cosas bien, se resaltan nuestras virtudes y esto actúa como un refuerzo positivo agradable, que nos invita a seguir por ese camino. Si nos hemos preparado para ir a una fiesta elegante y se nos felicita por nuestra apariencia, se nos recompensa por el esfuerzo y esto nos incita a repetir el proceso. Por el contrario, una crítica, tendría el efecto inverso.

Paralelamente, es este el motivo por el cual solemos juntarnos a personas afines a nosotros. La afinidad entre dos individuos aumenta la probabilidad de una reafirmación conductual mutua. Si tenemos el mismo punto de vista con respecto a un tema, es más probable que se nos recompense mediante halagos por nuestra opinión, que si nuestra postura es contraria a la del otro. Este halago actúa como un gesto de conformidad, de aceptación social, nos da la sensación de que tenemos razón y que hacemos bien en actuar como lo hacemos y el efecto gratificador resultante actúa como recompensa. Es por esto que muchas veces decimos lo que no pensamos para agradar o bien callamos si sabemos que, de no hacerlo, seremos objeto de críticas.

Sin embargo, existen excepciones respecto a esto. Harold Sigall realizó varias investigaciones en los años 70 sobre los efectos de la conversión de los individuos. Cuando un individuo se encuentra firmemente convencido de sus ideales, prefiere acercarse a individuos que discrepen con su forma de pensar. La satisfacción resultante de convertir a alguien que discrepe en alguien que coincida con sus ideas, supera cualquier posible animadversión a la postura contrario del otro.

Más no es mejor

Si ponemos por base lo anterior, lo lógico sería pensar que los piropos son herramientas imprescindibles para crear lazos afectivos, pero esto puede ser un arma de doble filo. Si no hacemos un uso eficiente y nos excedemos con los halagos, podríamos obtener un efecto contraproducente.

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