Sucesos de Vitoria…

Sucesos_VitoriaHoy me he tomado fiesta, he salido de Madrid a primera hora. Mi mujer se ha quedado en la cama, me ha dado un beso y se ha dado la vuelta. Aún le quedaban un par de horas de almohada y no las quería desaprovechar.

Por el camino he tenido que responder a varias llamadas. Mi secretaria se ha levantado pronto al parecer. Tenía que cuadrarme la agenda para la semana. Vienen los de Dubai a cerrar la instalación de la planta de gasificación. Tengo a gran parte de mi departamento trabajando en ello, metiendo horas extras para acabar el proyecto.

Mi padre me ha vuelto a llamar, aún no se cree que hoy vaya a ir, ya que hace muchos años que no lo hago, pero hoy es más necesario que nunca que esté con él, que sepa que su vida en aquellos duros años tuvo sentido, y que su hermano no murió para nada, aunque sean muy pocos los que se acuerdan de él. Hoy honrar su memoria recobra todo el sentido del mundo.

He parado a tomar un café en Burgos. Siento frío en el cuello. Me he acostumbrado tanto a llevar corbata que para mi ya es casi como una bufanda, me siento raro, se me agolpan recuerdos de mi niñez. 39 años ya desde aquel 3 de marzo de 1976. Yo tenía apenas 11 años. Aún recuerdo el ruido, los gritos, las carreras.

Paso por Briviesca y los sonidos me golpean la cabeza. Ruidos de disparos, en ráfagas. El olor picante de los botes de humos. Éramos unos niños cuando mi madre nos sacó de la iglesia de San Francisco, agarrados mi hermano y yo de su mano. Nos arrastró entre la multitud que huía aterrorizada de la policía, de los grises.

Recuerdo perfectamente a mi madre, sujetándonos por los hombros, protegiéndonos con su cuerpo, atravesando el cordón policial, mientras recibía porrazos sin piedad por parte de aquellos policías, con los ojos enrojecidos por el odio. Llegamos a casa y mi madre me pidió que cuidara de mi hermano, mientras se metía en su cuarto. Andoni lloraba de miedo, y mi padre no aparecía.

Si hay algo que siempre me ha marcado es la imagen de mi madre semidesnuda, de espaldas, sentada en la cama, con varios hematomas cruzándole la espalda, cuando entré a ver qué pasaba en su cuarto. Me quedé parado en la puerta, escuchando cómo lloraba por el dolor y la preocupación de no saber nada de su marido.

Mi padre había sido detenido. No le habían llevado a los calabozos, no. Simplemente le habían metido en una furgona de la policía. Apalizado, y tirado a la calle como un perro. Cuando llegó a casa nos dijo que antes de ser detenido había visto el cuerpo de su hermano en el suelo, sangrando. Más tarde nos enteraríamos de que había muerto por los disparos de la policía.

Yo fui a la universidad pública, a Bilbao. Estudié ingeniería, y progresé. Ahora dirijo un departamento de ingeniería muy potente en una gran empresa en Madrid. Me casé y tengo dos hijos, como tuvo mi padre. Yo no he tenido las penurias de mi padre para sacar adelante a mi familia.

Pero después de muchos años me he dado cuenta que si he logrado una vida desahogada dentro de esta maldita crisis ha sido gracias a gente como mi padre o como mi tío, que dio su vida por un futuro mejor para sus hijos. Hoy es más necesario que nunca que acompañe a mi padre al ritual que año tras año hace en Vitoria, de rendir homenaje a su hermano y a todos los que como él consiguieron un mundo mejor para sus hijos.

Hoy es especial porque todo aquello que creía consolidado se está derrumbando, y estamos volviendo a esos tiempos duros de mi padre, en los que tuvo que luchar duro, poniendo en peligro su vida, para conseguirnos un futuro mejor, un futuro que ya no está asegurado para nuestros hijos por culpa de quienes con la excusa del olvido repiten los patrones del pasado.

Y aquí estoy, hablando con mi padre, tomando un café después de la concentración, hablando de sus nietos. Me agradece que haya venido, pero realmente el que debo estar agradecido soy yo, Y ahora tengo la responsabilidad de luchar para que mis hijos tengan las oportunidades que mi padre logró para mí.

Fuente: http://relatocuentos.blogspot.com.es