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Cerrando cuentas bancarias…

Que los grandes bancos no están pasando su mejor momento de popularidad es un secreto a voces, pero, ¿realmente está justificada tan deplorable imagen? Si bien no es bueno generalizar, analicemos el comportamiento de un par de empleados de dos de las mayores entidades financieras de España, Banco Santander y CaixaBank (La Caixa) a la hora de solicitar la cancelación de sendas cuentas corrientes, para, en función de este, valorar si ha podido propiciar los casos de las preferentes o de las hipotecas basura, buscando encontrar una explicación a como hemos podido llegar a la situación actual.

Juzguen ustedes extrapolando estos casos a personas confiadas o de edades avanzadas…

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CASO 1: Acudimos a una sucursal de La Caixa en la provincia de Zamora, donde nos atiende Isabel Prieto Merino, según su tarjeta de presentación Gestora de Servicios Financieros. El objetivo es cancelar una cuenta corriente abierta con el fin de aprovechar las ventajas del programa joven lkxa, entre las cuales se encuentra la exención de comisiones hasta determinada edad, la cual ya sobrepasamos.

En vista de nuestras intenciones la empleada nos ofrece, amablemente, mantener la cuenta haciéndose ella cargo personalmente de la devolución de las cuotas que nos puedan cobrar, a lo que accedemos. Inicialmente todo es correcto, las cuotas son reintegradas en cuenta, pero observamos que cada vez se dilata más el tiempo entre el cobro de la cuota y la devolución, y tras contactos telefónico y vía correo electrónico infructuosos decidimos personarnos  buscando explicaciones, a lo que, con buenas palabras, nos es ingresada la cuota, esta vez ya no directamente en cuenta, si no en cajero.

Otro detalle reseñable en el tiempo, subida de comisiones aparte, es que comienzan a cobrarnos la correspondencia sin previo aviso, lo que redunda en una nueva visita a la sucursal, asegurándonos que no se volverá a repetir. Tiempo después seremos conscientes de que la solución consistió en sustituir los avisos postales por electrónicos sin ser consultados.

Dado el residual uso de la tarjeta asociada optamos por mantener tan solo una pequeña cantidad simbólica fruto de la desconfianza generada por la situación anterior, lo cual deriva en que al cargar la correspondiente cuota no existan fondos suficientes para cubrirla, dejando la cuenta a cero, lo que provoca la aireada reacción de la empleada, pues nos había pedido al menos mantener un mínimo correspondiente a la cuota, ya que al parecer casos como el nuestro le penalizan los objetivos.

Por ello somos invitados a marchar sin el dinero, pues no se nos devolverá la cuota hasta que transcurra un periodo equivalente al que la cuenta estuvo a a cero. Fruto de nuestra indignación y desconfianza negociamos, cual zoco, consiguiendo pactar que nos sea reintegrada la mitad en el acto y lo restante transcurrido el plazo, añadiendo, coacción mediante, la obligatoriedad de realizar 10 compras con la tarjeta bancaria para poder recuperar nuestro dinero.

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