La rúbrica del desahucio…

Comienza un día normal. Sobre mi mesa, veinte expedientes. Veinte familias a las que voy a aprobar que se arroje de su casa para que ésta aumente el stock inmobiliario del banco.

Naturalmente, yo no puedo echarlas con mi sola firma. Ni siquiera puedo tomar la decisión de manera autónoma. Si así fuera, qué se creen, tengo mi corazón, preferiría hacer cualquier otra cosa antes que poner el visto bueno al desahucio. Un visto bueno que significa, en sentido estricto, la autorización para que los abogados del banco emprendan la acción judicial conducente al lanzamiento de la familia afectada.

Pero no me engaño: sé cómo funciona la ley hipotecaria, sé que la gente de cuyas casas se trata es insolvente y que no podrá paralizar la acción; entiendo y asumo, por tanto, que con mi firma, aunque sea tras algunos pasos intermedios, estoy poniendo los muebles de estas veinte familias en la calle. Insisto, y quede claro: no lo hago por mi gusto. Tengo jefes, instrucciones, objetivos. Tengo mi propia familia, y mi propia hipoteca. Si dejara de hacer esto que hago todos los días, y con un poco de mala suerte, bien podría terminar siendo yo el que, gracias a la firma de otro como yo que no tuvo tantos remilgos, me veo con los míos a la intemperie.

Dirán ustedes que menudo dilema moral. Dirán algunos que menudo canalla que soy, salvándome a costa de ser cómplice en el hundimiento de mis semejantes. Otros, no espero que muchos, acaso me comprendan. Y si les soy sincero, yo mismo no sé muy bien a cuál de los dos grupos pertenezco. Va por días, y tiene que ver con lo que traen los periódicos, con el humor de mis hijos, con lo bien o mal que haya podido dormir.

Hoy es un día chungo. Dos hombres de 53 años han intentado suicidarse antes de que los desahuciaran. Y traduzco para mí: antes de que un agente judicial y unos agentes de policía (pobres, ellos huelen y tocan el marrón) se presentaran en sus domicilios para expulsarlos de ellos, porque hace unos meses alguien como yo firmó un papel como el que me dispongo a firmar nada menos que veinte veces. Uno de los dos hombres eligió ahorcarse y logró su objetivo. El otro se defenestró, tras darle un beso a su hijo, y resultó con graves lesiones. Tirarse de cabeza a la calle, aunque pueda resultar más aparatoso, es menos seguro que cortarle el flujo de sangre y de oxígeno al cerebro.

Lo malo, en días así, es saber lo que sé. Que aparte de terrible, e inhumano, es económicamente estúpido aniquilar así a la gente. Que más valdría darles una oportunidad de seguir en su vivienda, cuidándola y manteniéndola, y resarcir en alguna medida, la que puedan, la deuda contraída, en lugar de echarlos a la indigencia, desde la que nada podrán pagar, y sumar otra casa invendible a la pelota de ladrillo que arrastra ya el banco. Que hay en mi empresa gente que ha dejado pufos mil veces mayores por los que no responde, y que dispone de toda la asistencia del contribuyente para no tener jamás que responder de su error. Que lo que esa misma gente anda calculando, y por eso me mandan echar a veinte familias al día, es que cuando la pelota sea demasiado grande alguien, el único que puede, de nuevo el sufrido y generoso contribuyente, se la quitará de encima, le pondrá el contador a cero y hará con el montón de mierda un Frankenstein llamado banco malo al que se apuntalará mientras haga falta y con el que podrán especular para dentro de unos años revender las casas al doble de lo que les costaron.

En fin, que se entenderá que esta noche, cuando llegue a casa y acueste a mis hijos, no pueda conciliar el sueño. Algo que me gustaría compartir, y perdonen la faena, con todos los que vayan a votar a quienes permiten que siga este disparate.

Fuente: www.elmundo.es