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Hambre…

El Sitio de Leningrado fue una acción militar de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial encabezada por Wilhelm Ritter von Leeb, que buscó inicialmente apoderarse de la ciudad de Leningrado (la actual San Petersburgo). Los soviéticos construyeron una intrincada defensa alrededor de la ciudad, camuflaron edificaciones históricas con redes que impedían determinar su perfil y llegaron a colocar explosivos por todo el subsuelo para volar la ciudad si era tomada, incluyendo tanto a enemigos como a la población civil que quedaba en la ciudad.

Ante la perspectiva de tener que mantener a una población enemiga de más de 3.000.000 de habitantes, Adolf Hitler instó a que se asediara y se dejara morir a la población por el hambre y el frío. El sitio duró casi 900 días, desde 1941 hasta 1944. La población local sitiada fue sometida a una intensa lucha por la supervivencia.

Cientos de miles de familias murieron de frío y hambre en sus hogares. La falta de los alimentos llevó la población a alimentarse de palomas, gatos y ratas; también hubo actos de antropofagia y compraventa de cadáveres. La ciudad estuvo a punto de perecer de no ser por un corredor que se estableció a través del helado lago Ládoga, conocido como “Camino de la vida” por donde llegaba una mínima ayuda a los sitiados. Los muertos hasta ser liberada la ciudad superaron la cifra extraoficial de 1.200.000.

Las declaraciones de uno de los testigos del asedio resultan elocuentes:

“En la ciudad, ningún árbol tenía corteza por debajo de la altura que podía alcanzar el hombre de mayor estatura. La habían arrancado para hervirla y aprovechar los nutrientes que pudieran contener, y también hacían con ella un ungüento para aliviar el dolor de estómago. Toda clase de animales —perros y gatos, gorriones y cuervos, ratas y ratones— sirvieron de alimento, y más tarde incluso se consumieron sus excrementos. Se hacía caldo con los bulbos de los tulipanes robados de los terrenos del instituto de Botánica, con agujas de pino, ortigas, coles podridas, piedras cubiertas de liquen, botones de cuerno arrancados de abrigos que antaño habían sido elegantes. A los niños se les daba de comer brillantina para el pelo, vaselina, cola de pegar. De las fábricas cerradas se sustraían las correas de piel de cerdo y la cola de pescado, que luego se hervían para obtener gelatina…”

Fuentes:

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