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El conocimiento nos hace libres…

De delincuente en Nairobi a graduado en Manchester…

De nuevo nos llega otro ejemplo de gente distinta, esta vez en forma de superación personal:

Nació entre la miseria. Robaba para comer. Soñaba con estudiar. La vida de Sammy Gitau es lo más parecido a un cuento navideño de Charles Dickens. Una historia con mal comienzo y final feliz. Natural de Kenia, Gitau, de 35 años, celebró ayer su graduación en la Universidad de Manchester. El chico que creció entre las bandas de delincuentes de las calles de Nairobi, ha llegado donde jamás imaginó.

“Es una sensación estupenda, es maravilloso. Ha sido un logro personal, pero también la prueba de que es posible tener éxito, incluso cuando vienes de un lugar, del que se piensa que no puede llegar nada bueno”, decía pocas horas antes de recibir su máster en Desarrollo Internacional.

El lugar del que viene Gitau y del que solo se esperan desgracias se llama Mathare, uno de los barrios de chabolas más antiguos de Nairobi y uno de los más peligrosos. Allí viven apiñadas 300.000 personas, sin electricidad, ni agua corriente. Las casas son cuatro ladrillos con techos de hojalata, levantadas entre riachuelos de excrementos y montones de basura.

Traficantes de licor

Gitau era el mayor de 11 hermanos y la familia apenas subsistía fabricando licor ilegalmente. A los 13 años presenció el asesinato a martillazos de su padre en plena calle. Aquel fue el principio del descenso a los infiernos. Obligado a mantener a los suyos, comenzó mendigando comida y buscando restos de metal que poder vender. El paso siguiente fue robar.

Después llegaron las drogas, el trapicheo y el consumo. Se convirtió en un adicto. “Cuando tenía 13 o 14 años solo pensaba de qué manera iba a morir”, comenta ahora. El fatal y prematuro desenlace a punto estuvo de llegar en 1997, cuando una sobredosis de cocaína le dejó en estado de coma y con un pie en la eternidad. Tan trágica experiencia iba a cambiarlo todo. “Cuando me estaba muriendo hice un pacto con Dios”, afirma. “Le pedí que me sacara de esta y a cambio le prometí volver al barrio y hacer todo lo posible para impedir que los niños cayeran en el mismo tipo de vida que yo llevé hasta entonces”.

El acuerdo funcionó. Gitau salió del hospital y comenzó a colaborar con oenegés que tratan de rescatar a los chavales desesperados. Al mismo tiempo se dedicó a estudiar cualquier curso gratuito que caía en sus manos, ya fuera informática, electrónica o educación. De buen estudiante se convirtió en profesor, fundando en Mathare un centro para aprender a hacer jabón o a confeccionar un traje.

Un día, en una papelera, su vida volvió a dar un vuelco. Allí tirado, había un folleto que le llamó la atención por los colores y porque llevaba el nombre de uno de sus equipos favoritos de fútbol, el Manchester. Se trataba de un prospecto de la universidad, donde había reseñados algunos cursos accesibles a extranjeros sin recursos.

El folleto estuvo dos años en una estantería de su casa, tentándole. Los funcionarios de la Unión Europea en Kenia, que ya habían reparado en su labor social, le animaron a pedir una plaza y le ayudaron a salvar los obstáculos. Primero llegó la aceptación y la concesión de la beca. Después hubo que vencer las resistencias del servicio británico de inmigración.

Tras meses de batalla legal, que acabó en los tribunales, el juez terminó concediéndole el visado, pero para entonces la beca había expirado. “No tenía dinero alguno para pagarme el alojamiento o sobrevivir, así que contacté con la gente que había visitado mi proyecto en Kenia. Muchos respondieron con donativos muy generosos. Sin ellos no lo habría podido hacer”, reconoce.

La excepción

Finalmente, Gitau aterrizó en Manchester hace dos años y llegó a una universidad donde nunca habían tenido un alumno como él. “Nunca habíamos aceptado a nadie sin estudios primarios y no creo que hayamos aceptado a nadie sin estudios secundarios. Así que, lo que ha logrado es algo monumental”, señala el profesor Pete Mann, director del programa en el que Gitau se graduó ayer, después de varios días sin dormir, aguardando el gran momento.

“El máster ha tenido todo lo que esperaba y mucho más, pero también me he dado cuenta que tengo mucho más que aprender”, afirma, listo para volver a Kenia. Allí es el héroe de los 20.000 niños integrados en sus proyectos, que también quieren que su historia tenga un final feliz.

Fuente: www.elperiodico.com

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